Compartir y no compartir… he ahí el dilema

En días pasados, y en este empeño que tenemos algunos padres porque nuestros hijos deben compartir con los otros niños, una amiga me dijo que ella no entendía por qué los niños tenían que compartir sus cosas con otros niños y por qué los padres debíamos empeñarnos en ello ¿Acaso nosotros vivimos compartiendo nuestras cosas? La verdad es que más bien poco, oye que yo no ando prestándole mi móvil a mis amigos, ni mi coche, ni mi ropa, etc. Cuando escuché esas palabras de mi amiga pensé, oye quizá tiene razón, quizá ese afán nuestro de que los niños tienen que compartir no deba ser así en realidad y hasta llegué a decirle que estaba de acuerdo con su afirmación.

Pasados unos días, seguí con el tema en la cabeza y viendo los líos que arman mis dos hijos por no querer compartir, me replanteé mi apoyo a aquella afirmación dada por esa amiga mía. Así que quise escribir este post para contaros a las conclusiones a las que he llegado al respecto:

Inicialmente debemos situarnos en dos ámbitos diferentes, pero complementarios. El primero de ellos tiene que ver con la etapa del desarrollo en que se encuentran nuestros hijos y el segundo trata sobre los valores que queremos inculcarles.

Desde el punto de vista del desarrollo psico-social, durante los primeros meses de vida, nuestros hijos se caracterizan por tener un pensamiento egocéntrico, sobre todo si son los primeros hijos pues nosotros los padres nos encargamos de reforzarles constantemente que ellos son el centro de nuestro mundo; y si existe un hermano, entonces ese egocentrismo irá enfocado a tratar de llamar nuestra atención cada vez que la tengamos puesta sobre el hermano. Eso es así y, por más que nos empeñemos que sea de otra manera, su nivel de desarrollo psicológico todavía es muy inmaduro como para comprender o adoptar otro comportamiento.

Debido a lo anterior, entonces vemos como nuestros hijos son capaces de pasar mucho tiempo jugando solos y, aunque les pongamos junto a otros niños, la interacción entre ellos será nula en cuanto a colaboración se refiere. Durante los primeros meses de vida, nuestros hijos buscarán el contacto con otros, pero solo como forma de reconocerse, de explorar su entorno, de sentirse seguros en compañía de otros; pero no porque les interese una interacción colaborativa propiamente. Esa capacidad se va adquiriendo progresivamente, y conforme la vamos enseñando, y comienza a hacerse más evidente a partir de los dos años de edad aproximadamente.

Como dije antes, nuestros hijos aprenden de nosotros casi todo; ellos vienen con unos patrones de conducta innatos muy limitados y somos nosotros los que les debemos ayudar a convertirse en seres sociales, seres sociales desde el punto de vista de lo que la sociedad está esperando de ellos. Y, como parte de de ese repertorio de conductas que debemos enseñarles, está ese comportamiento colaborativo. Y entonces nos empeñamos en que nuestros hijos deben compartir todo con otros niños y con sus hermanos, aunque ellos realmente no están dotados naturalmente para hacerlo. Y por eso cuesta tanto, porque su inmadurez social no lo permite.

Y, entonces, ¿Por qué no dejarles en paz y que no compartan sus cosas con los demás si no quieren hacerlo? ¿Por qué somos tan pesados con este tema si ellos naturalmente nos egocéntricos? Aquí es donde entran en juego los valores, la cultura y la vida en sociedad. Esas características que nos diferencian a los seres humanos de los animales.

Cuando insistimos a nuestros hijos que deben compartir con los demás, en realidad estamos enseñando la solidaridad, en realidad estamos enseñándoles estrategias de negociación y, al final, les estamos enseñando a ser mejores personas.

Es verdad que uno no anda prestando el móvil a todo el mundo, ni el coche a todo el que uno ve andando. Pero también es verdad que, si a uno le educaron para compartir, y sabes que alguien necesita un móvil en un momento puntual para hacer una llamada importante, seguramente no tendré problema en prestarle el mío; o si algún amigo o compañero de trabajo necesita que le acerque a su casa en un día lluvioso, probablemente lo haré. Y eso es la solidaridad. Esa solidaridad viene desde que somos niños, no se trata de complacer los caprichos de todos los niños del parque, se trata de que todos puedan jugar de forma colaborativa porque eso, a la larga, nos hace ser una mejor sociedad.

Cuando hablo de estrategias de negociación me refiero a que muchas veces ese compartir no es gratis entre los niños (ni entre los adultos); sino que en algunas ocasiones requiere de entregar algo a cambio de recibir otra cosa. En el caso de los niños sería algo así como yo te presto mi coche si tú me prestas tu pelota ¡Y todos tan contentos! Y es que eso mismo solemos hacer los adultos en nuestras relaciones cotidianamente; en eso consiste el vivir en sociedad. Por ejemplo, en casa tenemos una regla que es que si yo cocino, entonces otro lava los platos ¿Acaso no es lo mismo? Se trata de que, muchas veces, para conseguir algo, uno debe renunciar a otra cosa. Y en eso consiste la vida.

Así que, luego de pensármelo mucho, ahora lo tengo claro. Seguiré empeñado en que mis hijos compartan, aunque a veces pierda los nervios y se me acabe la paciencia; pero en eso consiste ser Un Papá Normal… en coger aire, y seguir intentándolo de nuevo… con el afán de que mis hijos sean unas buenas personas en un futuro.

Y vosotros ¿Qué pensáis de todo esto de que nuestros hijos deben compartir?

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